Esa cara feliz, esas palabras alentadoramente falsas no provocan más que nauseas. Una parte quiere estar bien, aunque sea solo un ratito. Todos los días procura pequeñas dosis de insignificantes cosas que puedan ayudarme a buscar un momento de alegría, de optimismo. Otra parte sucumbe inesperadamente. Es como correr con los ojos cerrados a través de un desierto, por una montaña hasta la cima. Al llegar arriba caer estrepitosamente al suelo. Y ese dolor que invade, que puta dolor de mierda que no se va.
Aguante tantas emociones juntas en tan pocas horas. Aguante decía el doctor hace siete años. Aguante aquellas inyecciones en los muslos. Aguante el estomago vació, los vómitos del acido estomacal. Hasta alzaba la cabeza en el lavatorio, veía mis ojos y sonreía. Aguante que su cuerpo va despertar, no sabemos cuando.
Aguante dice el presidente. Aguante dicen todos, ya verá algo bueno para usted. Y va amarrando todos los hilos para sostener todo lo que pudiera. Echando cada cosa buena y mala que viniera. Por eso guardo papeles y servilletas viejas, recibos, fotos manchadas, radiografías, exámenes de sangre, música que ya no me gusta, cartas de gente que ahora es solo un recuerdo. Aguante.
Un hilo se rompió dejando caer un pedacillo viejo de cualquier cosa. No pasó nada. Otro más cedió la carga de estos años. Así sucesivamente uno a uno se van soltando. En la desolación, siempre sonriendo. Ya ni el brazo aguanta escribir una palabra sin que le duela. No hay pastilla que funcione. Queda un hilillo por ahí que no me deja caer el hueco. Ojalá que aguante un rato más hasta acabar este episodio. Acabe este año, esta luz o lo que sea necesario. Sí, solo eso, que el descenso sea rápido y el golpe suave