IaDa

Octubre 13, 2008

IaDa iba una mañana cualquiera a su escuela. Bajo el sol, sonriente y con la frente en alto, su blanca piel fácilmente se enrojecía cuando agitada corría para no llegar tarde. Siempre pasaba por el mismo trecho, el mismo viejo puente, bajando y subiendo el cerro embarrialado por donde había un ojo de agua. Era un hermoso rincón lleno de mariposas, grillos y flores. En las tardes el tiempo se le iba admirando su reflejo en el agua que brotaba. IaDa sabía que no debía tocar ni beber de ahí. Pero un día la sed y la curiosidad fueron más grandes. Frías bajaban las gotas por su garganta mientras con los ojos cerrados ella soñaba con torrentes que caían al mar y se perdían sin fin el horizonte.

A los días empezó a notar que el caudal del ojo disminuía, hasta que un día se secó por completo. IaDa comenzó a extrañar como se reflejaba su rostro en el agua. Aquel lugar donde solía encontrase a sí misma se había convertido en un hueco de tierra sin vida. Comenzó a sentir que el mundo sin su reflejo no tenía sentido. Entonces una tarde decidió aventurarse, se adentró en la espesa maleza de la selva en busca de otro ojo. Caminó tantas horas que se dio cuenta que estaba perdída. No sabía como regresar. Frustrada en su desolación nunca regresó. En la angustia por volver, IaDa perdió más que su reflejo, se perdió para siempre a si misma.

Una respuesta

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    mala praXis…

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